ARTÍCULO — DANZA
Saya afroboliviana: historia del ritmo que se negó a callar
Llegó a estar a punto de apagarse, volvió gracias a unos escolares de Coroico y terminó siendo la voz de todo un pueblo. En el Día de la Cultura Afroboliviana, repasamos la historia de la saya.

La Paz. — Hay fechas que se celebran con discursos y otras que se celebran con el cuerpo. El 23 de septiembre pertenece a las segundas. Desde 2011, la Ley 200 lo declara Día Nacional del Pueblo y la Cultura Afroboliviana. Cada año, la conmemoración encuentra su forma más reconocible en la saya: tambores que se entrelazan, una caña que raspa el aire y coplas que una voz lanza y un coro devuelve.
La fecha es el punto alto del Mes de la Afrobolivianidad, que este año arrancó con un dato para tener presente. Según recogió INFOBAE, la representante afrodescendiente en la Asamblea Legislativa Departamental de La Paz afirmó que quienes se reconocen afrodescendientes en Bolivia ya superan las 26.000 personas. Para ella, el sentido del mes es sencillo: recordar que están presentes. La cifra tiene su propia historia. El censo de 2012 fue el primero en incluir la autoidentificación afroboliviana, y entonces se registraron 23.330 personas, un 0,23 % de la población.
Detrás de esos números hay una danza que durante décadas estuvo a punto de apagarse. Volvió gracias a un grupo de escolares y terminó convirtiéndose en la voz pública de todo un pueblo.
Una voz que llama, un coro que responde
Quien escucha la saya por primera vez suele quedarse con el pulso de los tambores, pero su arquitectura es más fina. El canto se organiza en coplas y coro, en un esquema de llamada y respuesta: una voz propone y el grupo contesta. Las letras hablan de los ancestros, del trabajo, del amor y de la devoción. Cuando hace falta, también son protesta o pedido a quienes gobiernan.
Debajo del canto corre un tejido rítmico. Varios tambores de distinto tamaño, las «cajas», tocan patrones diferentes al mismo tiempo, una polirritmia que remite a las tradiciones sonoras del continente africano. Cada pieza tiene nombre y función. El asentador o tambor mayor fija la base, y lo acompañan el cambiador o requinto, el tambor menor y el gangengo, un bombo más pequeño. A eso se suman los cascabeles que algunos bailarines llevan en los pies.
Y luego está la cuancha, el instrumento que el público conoce como «reque reque»: una caña tacuara que se raspa y que, en la práctica, ordena todo lo demás. Fortunata Medina, una de las fundadoras del Movimiento Cultural Saya Afroboliviano, se lo explicó con claridad a CORREO DEL SUR. La cuancha acompaña cada copla, calla cuando termina el coro y marca el ritmo del baile.
«No podemos hacer un paso si la cuancha no está tocando».
— Fortunata Medina, cofundadora del Movimiento Cultural Saya Afroboliviano

Esa relación entre música y cuerpo explica por qué la saya no se aprende en un aula. Los pasos, con hombros, caderas y manos que siguen al tambor, se transmiten en la comunidad, de mayores a jóvenes. Lo mismo pasa con las coplas: en los patios de las casas, los mayores inventaban canciones en el momento, de amor, de fe o de lo que les naciera. Los hombres lanzaban una copla y las mujeres respondían.
De los patios de los Yungas a la fiesta de Coroico
La historia de la saya empieza lejos de los Yungas. Durante la Colonia, la explotación de la plata del Cerro Rico dio lugar en Potosí a mercados de personas africanas esclavizadas. Con el tiempo, sus descendientes se asentaron en las provincias Nor y Sud Yungas de La Paz. Allí, en comunidades como Tocaña, Chijchipa, Mururata o Chicaloma, la saya se volvió la música de las fiestas patronales. Su origen exacto no está claro, pero la memoria de los mayores permite rastrearla al menos tres o cuatro generaciones atrás.
No siempre fue celebrada. Después de la Reforma Agraria hubo intentos de borrarla: se destruyeron bombos y cajas con el argumento de que había que «civilizar» esas prácticas. La saya sobrevivió en voz baja, en patios y reuniones familiares, hasta que a comienzos de los años ochenta un grupo de escolares la sacó a la calle.
Fueron los alumnos de tercero intermedio del Colegio Guerrilleros Lanza de Coroico, junto a sus maestros. Preguntaron a los mayores de Tocaña cómo eran la música, la vestimenta y los pasos, y presentaron la danza en la fiesta patronal del 20 de octubre. El año varía según la fuente: 1982 en las reconstrucciones más citadas y 1983 según una publicación de FUNPROEIB Andes. La propia Fortunata Medina, que bailó en ese grupo, lo sitúa entre esos dos años. La presentación gustó tanto que se repitió al año siguiente, con más participantes.
Cuando bailar fue reivindicar
A fines de los años ochenta, jóvenes afrobolivianos que habían migrado de Nor Yungas a la ciudad de La Paz se organizaron para bailar saya en esa misma fiesta de Coroico. Para aprender, acudieron a los más viejos de sus comunidades, que les transmitieron de palabra cómo cantar, bailar y tocar. Así nació el Movimiento Cultural Saya Afroboliviano (MOCUSABOL). Empezó como un esfuerzo de recuperación artística y con los años se convirtió en la plataforma desde la que el pueblo afroboliviano reclamó reconocimiento.
Por sus filas pasaron lideresas como Marfa Inofuentes, Paola Yáñez y Mónica Rey, que dedicó su tesis universitaria a la saya. Uno de sus primeros logros fue cambiar las palabras. Los apelativos con los que se nombraba popularmente a esta población dieron paso al término «afroboliviano», que la reconoce a la vez como pueblo propio y como boliviana.
La socióloga Umezaki, de la Universidad de Kanagawa (Japón), estudió este proceso y subraya un rasgo que lo distingue: el movimiento impulsado por la saya se mantuvo siempre pacífico. Su tono alegre fue precisamente su mayor fuerza, porque le permitió plantear demandas sin generar rechazo. La identidad no se construyó con discursos, sino sobre los tambores.
Los reconocimientos llegaron por etapas. En 2004, el Consejo Departamental de La Paz declaró a los afrobolivianos de Nor y Sud Yungas patrimonio cultural inmaterial como «tesoros humanos vivos». En 2007, la saya fue declarada patrimonio histórico, cultural e intangible del departamento. En 2011 llegó la Ley 200 y, en 2013, el reconocimiento como patrimonio nacional.
La saya no es caporales
Si hay una confusión que la comunidad afroboliviana se ha empeñado en corregir, es esta. Los caporales son una creación mestiza y urbana inspirada en la saya, pero con coreografía, música y ritmo propios. Durante la primera mitad del siglo XX, las danzas afro se practicaban y estilizaban en las ciudades, y de ahí nacieron variantes que se fueron alejando del original. El movimiento afroboliviano ha marcado esa distancia más de una vez, incluso frente a canciones de grupos como Los Kjarkas, compuestas para acompañar a los caporales.

La diferencia se ve y se oye. La saya se hace solo con voces y percusión, mientras que la música de los caporales se apoya en instrumentos de viento, cuerdas o banda. El vestuario también cuenta su propia geografía. En Chicaloma, en Sud Yungas, los hombres visten camisa y pantalón blancos y las mujeres blusa roja y pollera blanca, todos con sombrero de paja. En Nor Yungas, en cambio, todo es blanco: los hombres no llevan sombrero y las mujeres usan el borsalino, como las mujeres aymaras.
Un septiembre para escuchar
Hoy la saya ya no es un secreto de los Yungas. Suena en entradas folklóricas, escenarios y festivales de todo el país, y la conversación sobre lo afroboliviano cruza fronteras. Este mismo miércoles, el diario argentino PÁGINA|12 dedicó una nota a la fecha, ilustrada con la organización Cimarronas, que impulsa proyectos productivos para su comunidad.

Pero la visibilidad trae su propio desafío. Una danza que se vuelve símbolo corre el riesgo de quedarse en la imagen, en el traje blanco y el ritmo contagioso, y perder lo que la sostiene: la copla que nace en el momento, el diálogo entre la voz que llama y el coro que responde, la cuancha que decide cuándo empieza cada paso.
Cada septiembre, la saya recuerda algo simple: una cultura no sobrevive en los decretos, sino en quienes la bailan. La ley puso la fecha; el tambor, desde hace generaciones, pone el pulso.
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