Pensar el arte, un oficio de todos y de nadie.
Tuve la suerte de estar en uno de los teatros más importantes de Latinoamérica y disfrutar de una ópera que me había fascinado desde el momento en el que había metido mis narices en la música académica, más específicamente, en el canto. Era increíble ver por cuenta propia la diferencia que existía con las producciones a las que estaba acostumbrado en nuestro país. Un abismo. Y pensé que esa diferencia no era por falta de talento, ya sabrán ustedes, incluso mejor que yo, que también tenemos personas increíblemente talentosas y profesionales en nuestro país. ¿Cuál era entonces la diferencia? Pues no es de extrañar que la primera idea sea que el nivel de inversión en cultura y arte no es el mismo, el apoyo es menor en nuestro país. Si. El apoyo es un dolor de cabeza en Bolivia empezando de aquellos que trabajan para apoyar la cultura y el arte, pero de eso hablaremos en otra oportunidad. Sin embargo, para ellos – el otro país, el otro escenario, los otros artistas – también era una montaña sisifiana la inversión con la que contaban y que les traía más de un trago amargo de vez en cuando. Había algo más.
Estaba por comenzar la función y más de una persona en el público, artista o no, no lo sé, pero público al fin, sacaba la partitura de la obra y se ponían a enfrentar la puesta en escena de una forma casi ritualista y otras tantas se ensimismaban y recogían atentos al silencio primigenio que bañaba la atmósfera del teatro. Estaba seguro que no se trataba de personas que iban al teatro para aparentar ser «cultas», palabra tan ambigua en realidad, sino gente que disfrutaba de la obra a niveles alejados de los casi vulgares conceptos de «bueno» o «malo», «bonito» o «feo». Críticos. Seamos claros, no es en estas líneas en las que abordaré el tema de la crítica como disciplina formal, que buena falta nos hace también, sino entiéndase crítica, por ahora, como la tarea de toda persona de pensar el arte al cual estamos enfrentados, ¿una tarea sencilla? No es así.
Terminó la función y los aplausos no se dejaron esperar y llenaron el teatro estrepitosamente y es cuando comenzó a nacer ese algo más. Los pasillos comenzaron a hablar. Que la puesta en escena era acertada pero alejada de las indicaciones del libreto original, que la escenografía le daba un carácter nacionalista interesante pero innecesario, que la interpretación del tenor – gran tenor por cierto – había sido limpia pero alejada del humanismo interpretativo del gran Luciano, que había cantado en el mismo teatro muchos años atrás, que el intermezzo creado para la transición de una ópera a otra – en este momento ya saben de qué operas estoy hablando – fue un golpe brusco pero atento a la estética en general de la puesta y propuesta que sorprendió y mantuvo a gran parte del público en sus butacas aun cuando podrían estar disfrutando de un café, que…; fue una gran puesta en escena, de eso nadie tenía duda, pero aun así, se comentaba la propuesta argumentando cada uno de los considerandos. Evidentemente, era gente que sabía de lo que estaba hablando, eran personas que, en algunos casos, aún sin saber de música, como una amiga politóloga con la que sostuve una conversación posterior, podían leer la obra concienzudamente y desde sus ideas aportar a la discusión.
Era una sociedad que, aunque herida en los últimos tiempos, aun así, anhelaba y demandaba más de los artistas que albergaba y de las propuestas que sostenía, aun cuando alguna otra propuesta de “positivo tenga la buena voluntad de llevar al teatro tan arriesgada obra y de negativo, todo lo demás”. El arte es también un reflejo de la sociedad. Un aplauso no es lo que posibilita el desarrollo del arte; es el pensar el arte, el trabajar sobre él, ensalzar las fortalezas, mostrar las debilidades, demandar las incoherencias, aplaudir o no los riesgos y mostrar al arte mismo, o al artista, lo que no ve o no quiere ver lo que lo vitaliza. Eh aquí parte de su posibilidad de reencontrar su fin (telos) y escapar de un fin pregonado a cada paso.
Arte y sociedad, no hay otra dicotomía más relacionada, aunque no dependiente en su totalidad. Y es que el arte por definición no es un ente pasivo y acabado, es activo y actual, una vez más, cada vez. El arte debe darse como una ayuda en la titánica tarea de hoy de impedir el suicidio del pensamiento. Ya Casona en el “Caballero de las espuelas de oro” (1962) situaba el lema: “La estatua del padre sería ociosa idolatría si sólo se acordara de lo que hizo el muerto y no amonestara de lo que debe hacer el vivo. Quevedo: Marco Bruto, I”.
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