la ESTÉTICA del panadero (I)

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I

Miguel Ángel tomó como todos los días un poco de harina, agua y sal y se puso a trabajar.

Su oficio no era fácil. Comenzaba muy temprano de madrugada pensando en todo aquello que iba a hacer durante el día en su panadería. Aunque llevaba en el oficio más de veinte años, todos los días el pensar era parte de un ejercicio casi ritual que lo tenía despierto incluso una hora antes que el despertador anunciará que era el momento de salir de la cama, vano oficio de aquel aparato, pensaba; la mayoría de los días ya con su ropa de trabajo puesta y hecha la cama, esperaba sentado que el despertador de las 05:30 con el clásico ti ti ti ti – ti ti ti ti sólo para apagarlo y salir de su habitación a la panadería que se encontraba en el piso inferior de su casa.

Harina, agua y sal, repetía muchas veces. Encendió el horno, limpió los utensilios, encendió un cigarrillo y comenzó a acondicionar la masa para luego amasarla. Primero es lo primero, se decía cada día mientras boleaba las porciones que se convertirían marraquetas. Primero es lo primero.

Las marraquetas eran el padre nuestro de Miguel Ángel, un pan común, conocido, popular y divino y aunque ese anhelo de encontrar la marraqueta perfecta persistía en su mente día y noche, anhelo heredado de padre a hijo por dos generaciones y que sabía acabaría con él como su noble oficio, sabía que no era una tarea a la cual debiera dedicar más tiempo que el permitido para el deseo. Marraqueta es marraqueta, se decía, por más perfecta que sea será vendida y devorada. Un objeto de consumo, no más no menos.

A las 7:00 en punto, como sacristán de pueblo, abrió la panadería y como beatas de pueblo comenzaron también a llegar sus ya consumados compradores. Primero Amalio Patzi, un viejo yatiri que vivía a 3 casas de la panadería, detrás de él Pedro, antiguo yatiri y rival de cualquier Patzi, cuyo imperio de mates le había hecho abandonar la charlatanería, al menos eso pensaba y detrás de él como siempre corriendo el pequeño Lorenzo quien llegaría a ser un gran panadero, bueno no exactamente un panadero, compraría una panadería y pagaría a verdaderos panaderos para realizar el trabajo tal cual el ordenara. El imperio de mates daría frutos. Llegaría a abrir no solo muchas panaderías en la ciudad sino también volvería al viejo oficio de su padre, carpas para yatiris en la Ceja, exactamente diez, todas ellas administradas por el joven Juan que del oficio no sabía nada, pero era familia.

Los panes se vendían a gran velocidad. Miguel Ángel pensaba aún en su gran creación, la marraqueta perfecta volvió del limbo del olvido. Quizá algún día lo logre, y ese día quizá alguien lo compre, llegue a su casa y la coma en su desayuno estropeando su sabor con un pedazo de queso y un poco de café. Quizá ese día, ese trozo de masa quede desapercibido, pero quizá y solo quizá, en algún momento ese mismo comprador anónimo se dé cuenta del pan que comió tiempo atrás y se detenga un momento a pensar que un día tuvo la oportunidad de comer una marraqueta perfecta, una obra de arte de mi panadería, saborearla una vez más en la imaginación. Qué pena que llegado el día no pueda conservarla, pero una marraqueta está hecha para ser comida… vendida y comida, pensó.

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