H.R. Moruno Pelaez
Odio que los minibuses, o los conductores que en este caso serían lo mismo, hagan su recorrido mendigando pasajeros. ¿No les ha pasado? Cada cinco metros haciendo uso del freno ante la sombra de algún alma con 2 bolivianos en el bolsillo. Entiendo, hay mucha gente miope, como yo, que agradece el gesto, a veces, pero cuando mi miopía se convierte en urgencia, carajo, que lo odio. Lo siento, pero lo odio y no dejaré de hacerlo.
Este desastroso pero poético hecho me hace pensar en algo igualmente detestable. Los músicos, o la música – que francamente es lo mismo por ahora – que mendiga público. Y realmente creo que Bolivia está cargada a full de esto.
Hoy me referiré exclusivamente a la música criolla o folklórica del pais, me da lo mismo el nombre que quieran darle. ¿Acaso no extrañan esa época donde la música no venía por moldes? O por lo menos no tantos como ahora. Permítanme expulsar todos mis demonios en tres ejemplos muy puntuales.

Déjenme comenzar con la bendita morenada, que le robó el protagonismo al antiguo imperio del caporal o Saya, para los letrados Kjarkas. Hace ahora unos 10 años que un grupo Boliviano más bien mediocre en el ámbito hasta entonces sacó un tema llamado, si no me equivoco, La promesa. La promesa de arruinarnos el folklore. De repente se perdió toda una variedad de ritmos y propuestas y vivos y muertos comenzaron a componer – si es que así se le puede llamar – morenadas que de original no tenían nada. Misma estructura, misma letra lamentera a más no poder. Supongo que fue una buena época para las tormentosas rupturas amorosas, pues tenían banda sonora actualizada para cualquier motivo sea este engaño, malos padres, auto estupidez, muerte, amoríos y sabrá dios que más. Saben a lo que me refiero, escuchen unas 3 morenadas y todas tendrán patrones idénticos que les hará rogar por quedarse sordos. Lo mismo pasa con mi segundo ejemplo: María Juana o el Salay.

Tenía unos 10 años cuando escuché los primeros temas de esta agrupación y no me pareció mala música, al menos no considerando el nivel en el que compiten. Y saben qué, de rato en rato estos chicos seguían haciendo algo de música escuchable, bailable y que no daba pena ajena. Hasta que llegó su CD donde incluían su afamado y único hit del disco Golondrina fugaz. Al principio no me pareció mala idea, hasta el vídeo, lleno de clichés, me pareció divertido. Pero luego, luego vino el tormento. Miles de grupos, algunos peores que otros, sacando miles de temas parecidos hasta el absurdo, con estructuras iguales, melodías que podrían ser fácilmente objeto de juicio de una demanda por plagio ( María Juana si leen esto, comiencen a demandar y quién sabe que les cae algunos pesos extra o muchos…). Y con todo esto saliendo a flote la estupidez de algunos «músicos» que por respeto no mencionaré – pero si quieren saber quiénes mándenme un privado-, que se atrevieron a decir que toda la música podía sonar igual porque el compositor era el mismo, y si quería podía hacer muchos temas de un mismo molde. Dicha respuesta quizá no sea tan mala para el grupo, pero si para el compositor. Yo, me moriría de vergüenza. Una noche, en Oruro, fui a cenar unas carnes a la parrilla y la música que salía del radio me arruinaron toda la experiencia. Salay tras Salay tras Salay, ya parecía que había una pieza central y las demás puras variaciones, pero de un mal estudiante.
Y, por último, quiero escribir sobre un grupo actual, o no tanto la verdad, que no aprende que su música estaba hecha para una sociedad inferior. Si señores, la sociedad paceña y boliviana en general, creo que amplio sus gustos musicales y se volvió más exigente. Ustedes ya saben de quién hablo y si no, les dejo algunas pistas: hicieron brincar un gusano, hicieron del eclipse una metáfora de amor o «compusieron» una diablada que parece ronda de scouts para algún viaje de esos que ellos hacen. Pues bien, tuve la «suerte» de escucharlos hace poco en un canal de televisión en el que coincidimos, mientras estrenaban su última «gran obra». Una pieza carente de riqueza armónica, carente de un interés melódico, que es lo que prima dentro de la música popular, carente de ritmo, carente de musicalidad, en definitiva, carente de todo. Pero eso sí, lleno de espectáculo – puro baile fuera de sincronía y/o talento-, de movimientos que rozan la estupidez, de desafinación -quiza su cantante debería considerar hacer rap – en definitiva, lleno de poco talento.

Probablemente haya nueva música y buena, no digo que no hay grupos que lo intentan, y algunos con buenos resultados ( otro día hablaremos de ello) mientras tanto andaré con unos tapones de oído, no pase que algún día un amante de lo grotesco decida mancillar mis oídos con la música de los amigos del poncho rojo. Total todos estos grupos solo mendigan público así el precio sea prácticamente la prostitución.

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