Existencial, como la vida misma. Una mirada a La Laruta: música con personalidad.

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4–6 minutos

Por: H. R. Moruno Pelaez para Pens-arte

Como estudiante de música, hace un poco más de un lustro, escuché sobre un joven músico quien regresaba de Europa y que, no mucho después, comenzó a hacer música con un ensamble cuyo nombre me cautivó desde el primer momento: “Rodolfo Laruta y la Sonora Final los Andes”. Este emprendimiento, por desgracia, coincidió con un alejamiento muy marcado que viví en ese entonces con todo aquello que se enmarcaba de alguna forma dentro de la música moderna para ahondar en lo “culto” de la música académica. Vano oficio aquel pues nunca me fui completamente de ese mundo tan rico en acto y potencia – si queremos ser filosóficos – y, más real aún, la promesa de “lo culto” nunca llegó, todo lo contrario, el cholo, como diría el buen Paulovich, se acrecentó y acrecentó.

Y el camino se siguió andando y la primera vez que tuve la oportunidad de escuchar a La Laruta hace poco más de un mes, realmente no lo disfruté, no por un factor música debo decir, sino que simplemente mi misión aquella noche era vender: sándwiches, refrescos, cafés, discos y así, realmente, era imposible. Pero, como en una cueca, tuve la segundita. El pasado 29 de junio en El Desnivel tuve la oportunidad de escucharlos por primera vez sin ninguna distracción mercante y, con cuaderno en mano, me introduje dentro del mundo creado por La Laruta.

Debo ser sincero, fui condicionado por los videos que había visto en YouTube y otras plataformas para tener un primer acercamiento del ensamble y esperaba un sonido mucho más familiar y una configuración clásica de Big Band, algo más… algo menos. Sin embargo, entré en un mundo mucho más experimental y creativo del que esperaba.

Cuatro fueron las obras que presentaron en un espectáculo que sobrepaso la hora y media de duración. La mayoría de las obras (3), fueron composiciones originales para el ensamble y la otra, un arreglo propio de la pieza brasilera “Construção”, que, probablemente, fue la “obra descanso” del espectáculo. Esta pieza – construção – contrastó con la personalidad de las otras obras:  por un lado, por su sonido mucho más familiar, cómodo y clásico y, por el lado crítico, por una participación vocal dubitativa. El restante de las obras – “Casida del llanto”, “La hora del Asombro” y “Todas las posibilidades” – me dejaron una sensación agradable, sobre todo por escuchar una propuesta con personalidad musical propia y una afirmación constante por dejar el nombre y apellido del ensamble como primer referente.

Dentro de las obras originales presentadas, todas ellas compuestas por Juan Andrés Palacios, tuvo una gran presencia la improvisación. Percibí a La Laruta como un espacio de experimentación y una escuela de creatividad. Los motivos se formaban espontáneamente y se construía música a partir de la sensibilidad del director y de los músicos, casi siempre con gratos resultados. Dentro de la sección de los vientos sin duda, los saxofones tuvieron una presencia destacada dentro de esta esfera de música improvisada y, en general, en la ejecución de la música. Sin embargo, las trompetas estuvieron un poco más tímidas y su exploración sonora no resaltó a diferencia de los saxos.

Probablemente, por el ambiente en el que se desarrolló el concierto, que era realmente pequeño – El Desnivel nunca fue santo de mi devoción -, la sección de vientos no pudo equilibrar su sonido respecto al resto del ensamble, sobre todo, respecto a la sección de cuerdas que, aunque amplificadas, en algunos momentos prácticamente desaparecían. Se hubiese agradecido que el sonido haya ayudado al balance entre los instrumentos así también como el mejor manejo de las dinámicas.

Respeto a este punto, los violines sin duda fueron un gran aporte al nuevo sonido de La Laruta, su función no se limitó a brindar un colchón armónico (casi su única función en los llamados conciertos sinfónicos de bandas pop y/o folklóricas), sino que tuvieron una participación activa dentro de la configuración musical de las obras propuestas, creando atmosferas sonoras realmente ricas. Aún hay un camino que recorrer en cuanto a la afinación en algunos fragmentos y, obviamente, el trabajo de empaste con todo el ensamble donde casi todos los instrumentos, sino todos, son protagonistas se encuentra en un proceso de maduración.

Por otro lado, me faltó conocer un poco más a Rodolfo. Ir a un concierto de su ensamble y al escuchar tanto de él, aun dentro de un manto de misterio, suscita curiosidad sobre sus andanzas, seguramente dignas de ser escuchadas. Con suerte pronto podremos escribir sobre él. Será un asunto pendiente.  

Dentro de todos estos detalles, considero que La Laruta es de esas propuestas musicales que deben ser escuchadas al menos una vez en la vida, y seguramente después de esa, una segunda más. Es un espacio altamente creativo, original y que no tiene miedo a lo nuevo y diferente. En el ámbito musical boliviano esta propuesta brilla al brindar una realidad distinta que es un oasis dentro de un desierto falto de creatividad y trabajo.   

A manera de conclusión, Rodolfo Laruta y la Sonora Final los Andes me introdujo a otra realidad posible, una realidad casi existencialista cimentada no en la nada sino en el devenir. Esta realidad sonora fue un continuo salir de la norma dentro de la norma misma: un juego constante entre lo divergente y lo convergente, entre lo planificado y lo improvisado, entre lo espontaneo y lo pactado, entre lo real y lo onírico; su música me proporcionó diferentes emociones que me llevaron de la angustia a la alegría y de la euforia a la calma. Existencial, como la vida misma.

¿Volvería a un concierto de La Laruta? Sin duda alguna.

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