
Ángel Belén
Muchos amigos, y no tanto, me preguntan con bastante frecuencia sobre por qué no hay últimamente críticas en la página; la respuesta no es muy complicada. Por un lado, es tarea ardua estar presente en todos los espectáculos que alberga nuestra ciudad y darse el tiempo necesario para escribir una “crítica” que y está por demás decirlo, jamás será objetiva, aunque su propósito final sea intentarlo. Una interpretación como experiencia de verdad, será. Y es que una opinión en términos de crítica también involucra estudio, reflexión, debate, auto debate, incluso un trabajo literario a veces logrado y otras no tanto. En resumen, se requiere tiempo. Y, como justificación segunda, el a veces amado y otras tantas odiado Monsieur Croché, aliado y amigo de este servidor, se encuentra en unas merecidas vacaciones en el viejo mundo, disfrutando un chocolate caliente en San Ginés, (espero).
Aclarando dicho punto, empiezo.
¿Han notado, como yo, que la Orquesta Sinfónica de Bolivia ha presentado en los últimos 8 meses alrededor de 5 programas relacionados con Disney y/o con películas y este 4 y 5 de marzo se disponen a presentar uno nuevo? Partiendo de lo obvio, esto se debe a que estos espectáculos son los que generan ingresos para la institución pues atraen una mayor concurrencia de público, hecho que no pasa en otros programas digamos “más tradicionales”. Pero: ¿Es acaso esto malo? Definitivamente, no. Acercan la orquesta a un mayor y diversificado público y abren las puertas de la música sinfónica a gente que de otro modo no se se acercaría al centro sinfónico.
Teatros famosos como el Colon en Buenos Aires, La Scala de Milán o Teatro Real de Madrid tienen en sus programaciones propuestas similares a la cual nos referimos. Sin embargo, existen pequeñas diferencias que son sustanciales: la presentación de estos programas están planificados con mucho tiempo de anticipación, más de un año, incluso dos en alguno de los casos; no existe una sobre explotación de los mismos y programas como estos, llámese “pop”, se presentan una vez al año y en contadas excepciones, dos; y por último, estos programas suelen ser verdaderos espectáculos, véase el evento de Disney presentado en el Colón el año pasado o el que esta a punto de presentarse en el mismo teatro relacionado con Star Wars.
¿Y qué pasa con los espectáculos “pop” presentados por la Orquesta Sinfónica de Bolivia? Pues, mantienen un formato que ya cae en lo monótono, se presentan una y otra vez los mismos programas con algunos agregados que no llegan a dotarle de nada nuevo en esencia y son planificados, a saber, muy superficialmente. Y es que pareciera que el público mismo clama por estos espectáculos; lamentablemente, solo por estos espectáculos.
Este hecho que podría no parecer un problema tan fuerte, en realidad si lo es. Sin abordar el tema de que también en parte es nuestra culpa, es decir del público (ya habrá otro momento para hablar de ello con más detalle), refleja, a mi entender, una crisis de una institución cuyo lema reza: “Patrimonio Vivo de Bolivia”. Y no, esta crisis no pasa por los músicos que integran la orquesta; tampoco pasa por las manos de los directores artísticos del elenco, titulares o invitados, que se esfuerzan en cargar sobre sus hombros todo un espectáculo con el mayor profesionalismo posible y que incluso en casos concretos alguno propone el programa, realiza las transcripciones y/o arreglos, secuencia los vídeos y se pone con la batuta al frente esperando llegar a puerto seguro.
Esta crisis contempla un problema de fondo y pasa por las cabezas de la institución, responsabilidad que llega no solo a la organización interna de la OSN, sino que alcanza las políticas culturales que se desprenden de las gestiones del Ministerio de Culturas.
La política general empleada por la orquesta a partido, por ejemplo, hasta finales del año pasado por un proselitismo político, a veces velado y otras no tanto, a favor de los actores políticos de entonces, sin “más”; probablemente porque como toda institución pública no tuvo otro remedio que unirse a los mandatos «superiores» de políticos que de cultura y arte saben poco más que la primera estrofa del himno nacional. Sumado a esto, realmente hubo poca innovación, pocas propuestas arriesgadas y pocas políticas que acerquen al publico paceño y boliviano a la Orquesta Sinfónica de Bolivia, digo pocas pues no fueron nulas ya que hubieron al menos dos programas dignos de ser aplaudidos, pena que el público no acompañó a estas propuestas ( insisto, debemos hablar de esto). Aún así, los esfuerzos realizados no fueron suficientes y una institución que se denomina patrimonio vivo se encuentra cada vez más débil y su única salida, por lo menos vista hasta ahora, es recurrir a programas “pop” que, por un momento, aunque sea efímero, muestren una realidad que no es.
¿Y a que políticas me refiero? Un acercamiento de la orquesta y del repertorio general a un público mucho más joven de colegios y/o universidades ( y no solo hablo de Star Wars), facilidades de acceso a los espectáculos a poblaciones en situación de vulnerabilidad y al público en general (descuento a menores de 25 años ,por ejemplo, como en la mayoría de teatros del mundo ), una correcta gestión web para la transmisión de información actualizada y para facilidades elementales del hoy por hoy como adquirir una entrada on-line o el pago con tarjeta (sin contar con un necesario reajuste del precio de las entradas), énfasis en la recuperación del patrimonio musical boliviano y su difusión (agradeciendo el programa dedicado a Velazco Maidana en 2019 que fue un trabajo que aplaudí en su momento), exploración de propuestas musicales modernas y contemporáneas (aunque hubo un programa dedica a ello el 2019 se me presenta insuficiente), políticas para los músicos en favor de la mejora de su calidad de vida y de su formación permanente, alianzas con empresas e instituciones que ayuden en los objetivos trazados por la orquesta ( el CPM seguro tendrá algo algo que decir al respecto), apertura de los ambientes a otros elencos profesionales que merecen espacios de calidad para mostrar su arte, un centro de formación orquestal que realmente funcione si es que existiese un objetivo como este, programas de alta planificación y calidad, trabajo en favor de la mejoría de la calidad interpretativa de la orquesta, etc. Estos son solo algunos ejemplos pues las posibilidades son infinitas ya que el potencial de la orquesta también es infinito.
Como verán los lectores, el trabajo es arduo, pero no imposible, muchos de los grandes teatros u orquestas sinfónicas del mundo ya trabajan bajo muchos de estos lineamientos y sabemos, todos, que esta responsabilidad no es de una sola persona sino de todo un aparato que permite que una institución enfile senderos mas provechosos ; y alguno dirá que todo esto no corresponde a nuestra realidad y sólo argumentaré, en respuesta, que el deber ser es el ser y que cualquier otro impedimento solo es mental.
Creo que hay mucho potencial en esta institución y podría llegar, en algún momento, a ser un referente latinoamericano, no sólo en palabras, sino en hechos.
Mientras tanto la Orquesta Sinfónica de Bolivia seguirá su camino que empezó con una gran acierto simbólico dedicando el primer programa a Beethoven, en su año; y seguramente alguna sorpresa más nos dará. Muchas, espero.


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