Lo que un túnel me dice del arte

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3–4 minutos

Ángel Belen

Tenía 14 años, más o menos. Todas las tardes y sin falta alguna comencé a asistir a un centro cuyo nombre llevo grabado en la memoria: CADI «Inti Watana», una especie de ONG  donde  brindaban formación en liderazgo, política, relaciones sociales y además ofrecían buen espacio, gratuito, para poder hacer música. En poco tiempo se convirtió en un hogar. Ubicado a unos pasos del final del túnel del Instituto Americano, enfilar hacia el «cadi» era una experiencia por demás sagrada día a día.


A ciencia cierta no se decir cuál fue el momento en el que esté lugar paso a ser solo un recuerdo: una casa verde oscuro de dos pisos cuya puerta principal de madera y vidrio decorativo era antecedida por una puerta de rejas blancas siempre abierto, morada que no existe más y en cuyo lugar se alza un edificio blanco cuyo nombre paradójicamente es «Inti» y amigos de quienes la memoria me susurra un recuerdo muy eventualmente.


Pese a todo aún queda un sentimiento y que paradójicamente no tiene nada que ver  con el «cadi» y al mismo tiempo todo: pasar a través del túnel en cada caminata. A mi edad esto representaba una dosis de adrenalina pues el túnel había sido inaugurado poco tiempo antes y la prohibición de atravesarlo a pie era algo que se comentaba con regularidad, al menos por un tiempo; sin embargo, era la forma más rápida de llegar a mi destino y a tantos otros como a aquella escuela de hotelería y turismo desconocida y no tan popular en ese entonces. Además, no tenía dinero.


El túnel desde un principio estuvo destinado a ser decorado con graffitis de algunos colectivos y artistas dedicados al tema. Al principio era medio soso, pero con el tiempo fue agarrando carácter, los diseños se volvían más complejos, el concepto era más profundo: revalorización de lo propio, empoderamiento femenino, activismo en pro de los animales, etc. Y con el tiempo esto se fue incrementando, no sé si por iniciativa propia de algunos artistas o por política institucional de los alcaldes de turno, aunque esto último lo dudo. Lo cierto es que el túnel se apropió de todos estos decorados y también de los graffitis de mala calidad de algunos hijoeputas que no faltan y los convirtió en suyo, en su identidad.


Hace un tiempo, ya a finales del pasado 2019, ví como había una remodelación significativa del túnel. Se pusieron nuevas luces, se pusieron plantas que adornan la entrada y le dota de un aire de naturaleza y en el interior se pinto casi la totalidad del túnel de un negro aburrido y se promueven algunas frases medio sosas, la verdad. ¿Y los graffitis, acaso no eran la identidad y el carácter del túnel? Si, fueron, son y lo seguirán siendo. Pues entre las frases sosas mostradas en el interior, como relleno de las palabras aún quedan fragmentos de los graffitis que otrora eran los que dominaban el paisaje dentro el túnel. Nadie en su sano juicio sería capaz de deshacerse completamentede ellos.


Trascendieron.


Así pasa con la obra de arte, sujeto, que evidenciado en el tiempo y con tiempo, habla de su valor como tal. Nunca totalmente el mismo, nunca otro. La obra de arte encuentra su consumación con el pasar de los años, décadas, siglos y se mantienen con raíces que difícilmente se pueden romper. Su condición de verdad no es inmediata sino que se da apartir de un proceso que lo autodetermina. Se sabe de ellas, se las conoce, aunque sea un fragmento y su existencia es posibilidad de existencia de otras tantas creaciones que recorrerán su propia historia hacia su redención o caída.

¿Ya pasaron por el túnel?

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