Una sinfónica para todos

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h.r. moruno pelaez

Ya han pasado unos cuantos meses de ese ya mítico y clarificador “me importa un pepino la revolución cultural”. Se respiran nuevos aires en la OSN, al menos eso creemos todos. 

Pero, ¿qué es lo que viene? Es muy difícil saberlo, todo proceso y sus eventuales cambios no son asunto de un amanecer y están condicionados por muchos factores que, para no aburrir al lector, no describiré en este breve y simple artículo. Mas nunca falta espacio para quimeras, por lo que si quisiera hablar de algunas acciones que esperamos – si, en plural – como individuos profundamente relacionados al arte en nuestro país, cambien dentro de la OSN.

  • Una mejor administración. Eventualmente, lo que se venía haciendo bien en el principio, allá en un lejano 2018, cayó en uno de los eventos más bochornosos que vi en mi aun corta vida. Ser la cabeza – y también el cuerpo – de una institución tan importante como la OSN no sólo requiere preparación académica, también demanda aptitudes y actitudes de liderazgo entre los cuales un profundo sentido ético es irrecusable.
  • Mejor trato interno. Nunca llegué a publicar un artículo en el cual narraba algunos testimonios que algunos músicos de la OSN me hicieron llegar sobre los medios de presión y represión en los que se veían inmersos. No lo podía creer. Pero me alarmaba aún más que este tipo de violencia haya sido soslayada sin mayor importancia por muchas personas que veían ciertos tratos o actuares como “normales”. Creo firmemente que el primer aporte que uno hace como persona es con aquellos que se encuentran más cercanos a uno – no el prójimo sino el próximo (gracias Carlitos por la enseñanza) – y en este caso son los músicos. Hablo de trabajar, y no solo hablar, en una restructuración salarial que garantice condiciones de vida optima a los músicos y dignifique su profesión; insistir, constantemente, en una mejora de infraestructura que ofrezcan espacios idóneos para un mejor trabajo; y, sumado a todo esto, dedicar un poco de tiempo de calidad dentro de la institución para sanar de alguna forma las profundas grietas en las relaciones interpersonales que son un secreto a voces.
  • Nacionalizar la OSN. Ciertamente sin un mejor presupuesto y más apoyo es muy difícil llevar a cabo esta tarea, lo sé. Sin embargo, una institución bandera como la OSN que representa, a saber, a todos los bolivianos en el ámbito musical y cultural, debe dar espacio y cabida a los mejores músicos del territorio nacional. Este sueño, utópico diría alguno sin estar tan equivocado, sólo sería posible si los músicos del país se sintiesen atraídos por las condiciones de trabajo de la OSN y no solo me refiero al aspecto económico; al mismo tiempo, esta tarea necesita un replanteamiento profundo a la forma en la cual la OSN funciona que, en mi humilde y no tan equivocada opinión, no anda del todo bien.
  • Apoyo a músicos en formación. Si la memoria no me falla, hace un par de años se retiró el apoyo o convenio que existía entre el Conservatorio Plurinacional de Música y la OSN. Los estudiantes, entre otras cosas, ya no contaban con una consideración especial para asistir a los conciertos de la OSN. El argumento fue de tinte burócrata-económico. Quizá lo hubiese entendido si la demanda del público hubiese sido avasalladora y los 20 o 30 espacios destinados a estudiantes de música académica realmente fueran una pérdida económica significante para la OSN que, sabemos, se mantiene también gracias a su recaudación.  Mas no fue así, casi la totalidad de los conciertos no llegaban ni a la mitad de asistencia de espectadores y aun así esa decisión se mantuvo firme. Si bien la función de una orquesta profesional, se entiende, es específica, la tarea formativa, de acercamiento y diálogo con la comunidad de músicos jóvenes – de las diferentes escuelas en la ciudad y en el país –  que, en un futuro, más cercano que lejano, tomarán la batuta de la OSN debería ser una prioridad. Tanto para este punto y todos los anteriores, un paso pequeño pero significante sería estudiar el funcionamiento de las grandes orquestas e instituciones culturales en el resto del continente americano y/o Europa. Copiar no es siempre malo; aprender, menos. Por empecinarnos en descubrir la pólvora, venimos aun trabajando a garrotazos.
  • Exploración de repertorio. Una vez al año, o dos, no está mal presentar un repertorio “pop”, todas las orquestas en el mundo lo hacen y está bien, es una forma por demás válida de atraer a gente que de otra forma no iría a escuchar a una orquesta sinfónica y en el camino recaudar más dinero de lo habitual. Pero hacer de este tipo de conciertos una bandera de la institución, eso es otro tema. El universo de la música académica es increíblemente grande y explorar nuevos repertorios, marcar nuevos retos musicales, debería ser una constante.

Una sinfónica para todos, más allá de un muy buen eslogan, es ya todo un proyecto a seguir.

  • Definir una identidad como orquesta. Quizá este sea el punto más controversial de este breve escrito, pero creo que todo proyecto debe tener una identidad definida que la diferencie de tantas otras propuestas similares en el medio. Ciertamente debo reconocer que es algo que todavía no tengo del todo claro, aunque lo pienso muy a menudo. Probablemente perfilar esa identidad por el lado de la interculturalidad sea el camino y, ojo, esto no quiere decir dejar de lado la gran tradición de la música europea cuya condensación performática por excelencia se da en la orquesta sinfónica. A falta de una reflexión teórica más profunda de mi parte brindo algunas acciones que podrían tomarse en cuenta: 1) investigar, recopilar y orquestar música de los pueblos originarios del país y presentarlos en una fecha dentro de la programación oficial 2) llevar a cabo programas sinfónico – folklóricos reconociendo, eso sí, la trayectoria de los grupos más representativos del país, pero ojo, no sólo utilizando a la sinfónica como un lindo fondo de rol reducido, sino a través de un verdadero diálogo. ¿Cómo? Hay que pensarlo. 3) Dedicar espacios fijos en el programa a compositores bolivianos, tanto históricos como contemporáneos e inclusive jóvenes que están dando sus primeros pasos. 4) Abrir el camino hacia la experimentación sonora, quizá dentro de laboratorios musicales dirigidos por los mismos integrantes de la OSN, que integren instrumentos, teorías, y repertorios etc., más familiares a la sociedad boliviana.  Y amigos críticos, déjenme aclararlo, no es que todo esto no se haya hecho en mayor o menor medida, que sí – no intento descubrir nada nuevo –; sin embargo, creo que deberían darse no cómo elementos aislados ni extraordinarios sino como políticas fijas e inamovibles de la institución. Repito, identidad.  
  • Acercamiento al público. La música clásica o académica ya no es un arte desconocido y reservado a ciertos “círculos sociales”, estamos todos inmersos en ella de las formas más insospechadas: las películas, dibujos o videojuegos, por ejemplo. La OSN debe trabajar arduamente para llegar a más personas y acercar su arte a aquellos que de otra forma no tendrían la oportunidad de enfrentarse con él: jóvenes, sectores periurbanos, áreas rurales, etc. Esto es algo que creo los últimos meses se viene haciendo de, tímida, pero eficaz forma y esperamos no se detenga.

Los cambios son buenos y el pasado, así haya sido para el olvido, nos ayuda siempre a forjar un mejor futuro. Personalmente tengo fe en los nuevos tiempos de la OSN pues, como se lo dije alguna vez a mi acosador personal, es una institución a la que quiero y tengo en más alta estima y desde donde estoy trataré de aportar, hoy sea escribiendo, mañana sabrá Dios desde que lugar.

Una sinfónica para todos, más allá de un muy buen eslogan, es ya todo un proyecto a seguir.

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