El sapo que quería ser una estrella

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2–3 minutos

H. R. Moruno Pelaez

La primera vez que llevé a mi sobrino a un concierto de música clásica fue a uno en formato de cámara: obras para flauta, violín y piano, sino recuerdo mal. No puedo decir que la pasó bien. Toda la música y por lo tanto la información que recibía era muy abstracta para él, apenas tenía 4 años, y el 80 por ciento del concierto terminó entretenido en el celular. El trato se formó de manera orgánica: ver un poco del concierto y luego, al jueguito.

Sin embargo, tuve la oportunidad de llevarlo una vez más y a una función pensada para él: “El sapo que quería ser estrella” una obra musical creada a partir del cuento homónimo de Oscar Alfaro a cargo de la OSN. También en esa ocasión se interpretó la siempre pensada “Pedro y el Lobo” de Prokofiev. Ya había cumplido los 5 años un par de semanas atrás y la experiencia fue totalmente distinta.

Fue un espacio totalmente diferente: el concierto estaba abarrotado de niños y desde ya eso fue una experiencia nueva para mi sobrino que a diferencia de la última vez que había visitado el centro sinfónico veía un espacio lleno de sus iguales y lejos del alma en pena de turno recordando cada 2 minutos con un intransigente shhhhhhh que lo usual es el silencio sepulcral en ese tipo de eventos.

Y el espectáculo funcionó. Funcionó porque se sentía a los mismos músicos motivados en el escenario y más relajados disfrutando del momento, al menos a la mayoría; funcionó porque la interacción fue constante, funcionó porque la música tenía complementos visuales, algo modestos debo decir, pero los tenía, funcionó porque quien narraba no tenía miedo en improvisar un poco de acuerdo a las circunstancias, y funcionó porque durante todo el concierto se dejó ser niños a los niños. Junto conmigo, había otros padres, tíos y hermanos guiando constantemente a sus pequeños en el viaje del concierto y la música, hablándoles de los instrumentos, de quienes los interpretan y con la libertad necesaria incluso de reír o bailar en medio de la función porque la música junto a la narración no había regalado un momento agradable.

Y aunque no es el objetivo de este breve escrito hablar de la interpretación, es decir lo meramente musical, que tuvo sus altibajos, en general fue muy adecuada.

Solamente con la primera parte en la cual se interpretó “El sapo que quería ser estrella” hubiéramos quedado satisfechos, pero, y a riesgo de rozar el límite del tiempo de la atención de un niño, al menos de la edad de mi sobrino, disfrutamos también de “Pedro y el lobo” que complementó agradablemente un programa de poco más de una hora.

Debo decirlo, todos quedamos contentos y sin duda conciertos como estos son altamente recomendables para introducir a los niños al fascinante mundo de la música. Me alegra, sin duda, que se repita, que una experiencia así merece ser replicada y vale la pena revivirla.

Y al final, las fotos, muchas de ellas: con el cartel, con algunos músicos, con el director, con las instalaciones. Quizá la única desilusión que nos llevamos es que, aunque esperamos un montón, nunca pudimos encontrar al sapo.

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