Giovanna Montaño Valdivia*

«Muchos alumnos quieren ser grandes cantantes. Lo que no siempre quieren es hacer lo que hacen los grandes cantantes.»
Hace poco me descubrí sintiendo algo incómodo.
Sentí envidia de esos profesores a quienes todos parecen querer. Los que reciben abrazos, mensajes de agradecimiento y constantes muestras de cariño de sus alumnos. Los que generan cercanía con facilidad y son recordados con afecto por cada estudiante que pasa por sus aulas.
Y entonces me pregunté si yo había hecho algo mal.
Llevo quince años enseñando canto. Llegué a Santa Cruz después de una formación de conservatorio donde la exigencia era parte natural del aprendizaje. Nunca entendí la música como una actividad sustentada únicamente en el talento. Desde muy joven aprendí que detrás de cada logro artístico hay horas de estudio, repetición, disciplina y corrección constante.
Esa visión marcó profundamente mi manera de enseñar.
He sido una profesora exigente.
No porque disfrute siendo dura.
No porque crea que el sufrimiento forme artistas.
Sino porque considero que respetar a un estudiante implica prepararlo para la realidad que encontrará fuera del aula.
A lo largo de estos años he tenido alumnos que hoy son profesores de canto. He visto a jóvenes ingresar a conservatorios europeos. He acompañado procesos cuyos resultados me llenan de orgullo.
También he tenido alumnos que lloraron en mis clases. Alumnos que se sintieron heridos por mis observaciones. Alumnos que probablemente me recuerdan como una profesora demasiado estricta.
Sin embargo, también he tenido estudiantes que siguen buscándome años después; que me escriben para compartir sus logros; que, con el tiempo, comprendieron que detrás de cada corrección existía una intención genuina de ayudarlos a crecer.
Y cuando observo mi trayectoria descubro algo curioso: los estudiantes más responsables rara vez tuvieron conflictos conmigo.No porque fueran perfectos. No porque nunca recibieran críticas. Sino porque comprendían que mis observaciones estaban dirigidas a su trabajo y no a su valor como personas.
Los conflictos aparecían, generalmente, cuando las expectativas y el esfuerzo dejaban de coincidir.
Porque muchos jóvenes desean ser grandes artistas. Y es natural que así sea.

(…)la comodidad no siempre produce crecimiento.
Lo que me preocupa es que cada vez encuentro con mayor frecuencia estudiantes que desean los resultados, pero rechazan las condiciones necesarias para alcanzarlos.
Quieren cantar bien. Quieren una carrera artística. Quieren ingresar a una universidad o a un conservatorio. Quieren triunfar. Pero no siempre están dispuestos a convivir con la repetición, la disciplina, la corrección constante o la frustración que forman parte inevitable del aprendizaje.
Muchos alumnos quieren ser grandes cantantes. Lo que no siempre quieren es hacer lo que hacen los grandes cantantes.
Durante algún tiempo pensé que quizás el problema era mi manera de enseñar.Después de todo, yo también quiero ser querida por mis alumnos.
Yo también quisiera que me recordaran con cariño.
Por eso intenté cambiar.
Intenté suavizar mis correcciones. Intenté reducir la presión. Intenté crear un ambiente más cómodo. Intenté ser más amable. Y aunque encontré aspectos positivos en ese enfoque, también descubrí algo que me dejó inquieta: la comodidad no siempre produce crecimiento.
A veces produce conformidad.
La formación artística tiene una característica que pocas veces nos gusta admitir: no existe sin frustración.
Nadie aprende técnica vocal sin equivocarse cientos de veces. Nadie desarrolla una voz sólida sin atravesar momentos de estancamiento. Nadie llega a un escenario profesional sin escuchar innumerables veces que todavía debe mejorar. Y, sobre todo, nadie se convierte en músico únicamente porque lo desea.
Detrás de cada presentación exitosa hay horas de trabajo que casi nadie ve. Hay escalas repetidas una y otra vez. Hay ejercicios de respiración que parecen interminables. Hay vocalizaciones practicadas durante meses. Hay pasajes musicales corregidos decenas de veces hasta que finalmente funcionan. Hay días en que el cuerpo no responde. Hay días en que la voz no responde. Hay días en que uno siente que ha retrocedido en lugar de avanzar.
Y aun así, el trabajo debe continuar.
Y si algo aprendí observando esos procesos es que el talento, por sí solo, nunca fue suficiente.
La frustración no es necesariamente una señal de fracaso. Muchas veces es una señal de aprendizaje. Es el espacio incómodo entre lo que somos capaces de hacer hoy y aquello que aspiramos a lograr mañana.
Quizás mi mirada esté condicionada por los resultados que he visto a lo largo de estos años: he acompañado a estudiantes que lograron ingresar a conservatorios europeos y continuar una formación profesional de alto nivel.
Y si algo aprendí observando esos procesos es que el talento, por sí solo, nunca fue suficiente.
Los estudiantes que llegaron más lejos no eran necesariamente los más brillantes.Con frecuencia eran los más perseverantes.
Los que estudiaban cuando nadie los observaba. Los que aceptaban las correcciones sin tomarlas como una ofensa personal. Los que comprendían que la disciplina no era un castigo, sino una herramienta para acercarse a sus objetivos.
Por supuesto, esto no significa defender la humillación.
Un profesor jamás debería destruir la dignidad de un estudiante.
La violencia verbal no forma artistas.
El miedo tampoco.
Pero me preocupa que en algunos espacios educativos estemos comenzando a confundir exigencia con agresión, corrección con maltrato y sinceridad con falta de empatía.
Pareciera que cualquier incomodidad debe evitarse.
Como si la misión principal de la educación fuera proteger al estudiante de la frustración.
Sin embargo, me pregunto si esa protección excesiva no termina debilitando precisamente aquello que intentamos fortalecer.
Porque el mundo artístico es exigente.
Una audición no evalúa nuestras intenciones.
Un escenario no premia nuestros deseos.
Un conservatorio no pregunta cuánto queríamos estudiar.
Evalúa preparación.
Evalúa trabajo.
Evalúa resultados.
Quizás por eso considero que una de las mayores responsabilidades de un docente consiste en enseñar algo más que técnica.

También debemos enseñar perseverancia, capacidad de esfuerzo, disciplina, tolerancia a la frustración y la capacidad de recibir una crítica sin interpretarla automáticamente como una agresión personal.
Mi intención no es defender un modelo pedagógico basado en la dureza.
Tampoco idealizar los métodos del pasado.
Me interesa, más bien, plantear una pregunta que considero urgente:
¿Estamos formando artistas capaces de sostener el esfuerzo que exige la excelencia?
¿O estamos formando estudiantes que necesitan sentirse cómodos para continuar?
No tengo una respuesta definitiva. Después de quince años enseñando, sigo haciéndome esa pregunta.
Y quizás esa sea la razón por la que escribo estas líneas.
No porque tenga todas las respuestas, sino porque sigo buscando el equilibrio entre la exigencia y el afecto; entre la honestidad y la empatía; entre la formación humana y la formación profesional.
Pero cada vez estoy más convencida de que el afecto y la exigencia no deberían ser enemigos.
Quizás uno de los actos más profundos de respeto hacia un estudiante consiste precisamente en no mentirle sobre lo que necesita para alcanzar sus objetivos.
Porque creer en alguien también significa esperar más de él.
Y, a veces, precisamente por creer en su potencial, nos negamos a conformarnos con menos.

*Soprano, docente de canto lírico, directora coral y gestora cultural. Docente del Instituto Superior de Bellas Artes y Directora Artística de la Fundación ArteCanto.
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