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Artículo — Artes plásticas

El pintor de Oruro que el mundo rescató de un basurero

Artista aymara de Oruro y protegido de Diego Rivera, desapareció en Nueva York hace siete décadas. Hoy sus obras, salvadas de un basurero, entran a los grandes museos.

Óleo Lago Titicaca de Alejandro Mario Yllanes: un barquero andino en un bote de juncos sobre el lago, con montañas azules al fondo
«Lago Titicaca» (1935), óleo sobre arpillera de Alejandro Mario Yllanes, adquirido este año por el Museo de Arte de Toledo, en Ohio.

Un barquero andino rema sobre aguas onduladas, con montañas azules al fondo. Es «Lago Titicaca», un óleo sobre arpillera que el orureño Alejandro Mario Yllanes pintó en 1935 y que desde el próximo año colgará en el corazón del Museo de Arte de Toledo, en Ohio, en la misma sala que obras de Rubens y Rothko. Según reveló THE NEW YORK TIMES, el director del museo, Adam M. Levine, no había oído hablar del artista hasta que vio el cuadro en una galería de Londres el verano pasado. En mayo lo compró. Medio siglo antes, esa misma tela había terminado en un basurero de Manhattan.

Yllanes nació en 1913 en una familia aymara de Oruro. Quedó huérfano a los 18 años, trabajó en una mina de estaño, abandonó la carrera de Derecho y montó su primera exposición individual cuando era casi un adolescente. Su pintura retrató los rituales del mundo indígena y, al mismo tiempo, denunció sin rodeos la explotación que sufría. Eso le valió admiradores y enemigos: él mismo contó que en los años treinta fue desterrado un año a la Amazonía y que en 1941 pasó por la cárcel tras una muestra.

Retrato fotográfico en blanco y negro del pintor boliviano Alejandro Mario Yllanes en 1948
Alejandro Mario Yllanes en 1948, el año en que obtuvo la beca Guggenheim.

México lo recibió de otro modo. En 1946 expuso en la capital mexicana con un texto de presentación de Diego Rivera, quien pidió a sus colegas que prestaran atención a aquel compañero boliviano castigado por el contenido revolucionario de su arte. Al año siguiente se instaló en Nueva York con su esposa, la educadora María Frontaura Argandoña, y en 1948 ganó una beca de la Fundación Guggenheim para estudiar pintura y culturas nativas americanas.

Después, el rastro se desvanece. El censo de 1950 lo ubica en un edificio de la Universidad de Columbia, en el Upper West Side, donde dejó pinturas enrolladas, grabados y documentos. Ni siquiera su muerte es clara: la historiadora Jacqueline Barnitz la fechó en 1960, y una carta del historiador boliviano Carlos Salazar Mostajo la situó en Nueva York en noviembre de 1962. Aquel legado, según varios testimonios, acabó en un basurero frente al edificio, de donde lo recogió un policía en 1978. A comienzos de los 2000 pasó a un coleccionista francés, y en 2023 la galería londinense Ben Elwes Fine Art lo expuso. Desde entonces, el Museo Metropolitano de Nueva York, el Malba de Buenos Aires y otras instituciones, sobre todo de Estados Unidos y Canadá, han comprado casi dos decenas de piezas, por montos que según los galeristas van de 400.000 a 1,9 millones de dólares.

Instalación de la pintura Tragedia del Pongo de Alejandro Mario Yllanes en una sala del Malba de Buenos Aires
Montaje de «Tragedia del Pongo» (1932) en el Malba de Buenos Aires.

Entre esas compras está «Tragedia del Pongo» (1932), una pintura de formato mural sobre el siervo indígena de las haciendas, que el coleccionista argentino Eduardo Costantini, fundador del Malba, adquirió en 2024. La historia deja una paradoja: mientras los museos del norte se disputan su obra, en Bolivia quedan apenas un puñado de murales y pinturas de Yllanes. Para Levine no hubo tal desaparición, sino un largo descuido que termina ahora que Occidente «finalmente está prestando atención». Queda pendiente que esa atención llegue también a la tierra donde el pintor aprendió a mirar.

PensArte · facebook.com/pensartebolivia

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