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Una historia cantada en orden: Camila Meneses lleva su voz a Nueva York
Por primera vez, el programa de la Foundation for Bolivian Artists premia una voz: la soprano cochabambina radicada en Basilea llevará al Merkin Hall un recital que recorre su propia vida, de Eduardo Caba a sus canciones.

La Paz. — Durante tres años, el escenario que la Foundation for Bolivian Artists reserva cada febrero en Nueva York tuvo un solo protagonista: el piano. En 2027 será distinto. La soprano cochabambina Camila Meneses de Pamorskis, radicada en Basilea (Suiza), es la ganadora de Kantuta Concerts, Opus 4, y ofrecerá su recital de debut neoyorquino el 26 de febrero de 2027 en el Merkin Hall del Kaufman Music Center, según anunció la fundación en su página de Facebook.
La convocatoria de este año fue la primera dedicada al canto clásico. Recibió 14 postulaciones de cantantes de origen boliviano, y el comité de selección eligió a cuatro finalistas antes de definir a la ganadora. La fundación presenta a Meneses como una soprano de coloratura con un compromiso profundo por llevar la música boliviana a sus públicos. El programa que propuso para Nueva York convierte esa idea en algo mucho más concreto y personal.
De una biblioteca en La Paz a Manhattan
La historia de la fundación empieza, curiosamente, en La Paz. Su fundador y presidente, el pianista Walter Aparicio, creció en el norte de Nueva Jersey con la sensación de ser siempre el único boliviano en la sala, incluso dentro de una comunidad mayoritariamente latina. Durante sus estudios se sintió atraído por repertorios que dialogaban con lo folclórico, en especial Bartók y Ginastera, hasta que un profesor le preguntó si había algún compositor boliviano cuya música pudiera aprender. No conocía ninguno. Ni siquiera se le había ocurrido buscarlo.
En 2001 viajó a La Paz y visitó el Conservatorio Nacional de Música, hoy Conservatorio Plurinacional. En los estantes de su biblioteca encontró partituras para piano de Eduardo Caba y Simeón Roncal, entre otros, y entendió que aquello que había rastreado en la música de otros estaba ahí, en la de su propia gente. Desde entonces incluye obras bolivianas en sus recitales, y su primer disco, Aires Indios: Piano Music of Bolivia (MSR Classics), reúne piezas de Caba, Roncal y Marvin Sandi.

Esa búsqueda personal terminó convertida en una organización sin fines de lucro registrada en Estados Unidos, dedicada a descubrir y promover a músicos clásicos de origen boliviano, abrirles puertas en escenarios internacionales y, de paso, rescatar a los compositores del país. El diagnóstico de la fundación es directo: Bolivia es reconocida en el mundo por sus danzas, su música andina y sus tejidos, pero casi nada por su aporte a la música académica, con autores que apenas interpreta un puñado de músicos.
El equipo que acompaña a Aparicio refleja esa vocación de puente. En el directorio figuran la pianista y educadora Alice Nissen, el ejecutivo Sergey Shprints y el clavecinista Evan Kory. Entre sus asesores está la clarinetista cochabambina Camila Barrientos Ossio, cofundadora de la Sociedad Boliviana de Música de Cámara.
Tres pianistas, una sola condición
El nombre del programa viene de la kantuta, la flor andina que es también símbolo nacional de Bolivia. Cada año, Kantuta Concerts abre una convocatoria internacional y premia a un único artista con un recital completo en Nueva York, con todos los gastos cubiertos. El ganador arma el repertorio con libertad, pero con una condición que no se negocia: incluir al menos una obra de un compositor boliviano.
El primero fue Sergio Escalera Soria, el 1 de marzo de 2024. Pianista con una veintena de premios internacionales y una carrera repartida entre Europa, América Latina y Medio Oriente, Escalera fue profesor en el Conservatorio Nacional Edward Said de Palestina y hoy vive en Lisboa. Tras el concierto, comentó que rara vez había podido armar un programa tan ligado a su origen y a su propia historia.

Le siguió el paceño José Navarro-Silberstein, el 28 de febrero de 2025, con un programa que ponía a Caba y a Marvin Sandi en diálogo con Busoni, Villa-Lobos, Ginastera y Milhaud. Navarro-Silberstein, uno de los últimos alumnos de Paul Badura-Skoda y finalista del Concurso Busoni, dejó en la crítica neoyorquina la impresión de un pianista al que valdrá la pena seguir.
La tercera edición, el 27 de febrero de 2026, fue para el cochabambino Naren Palomino Pardo. Su recital incluyó las Tres danzas bolivianas de Jaime Mendoza-Nava, un preludio de Caba y una cueca de Simeón Roncal que, según la reseña de David La Marche para el NEW YORK CONCERT REVIEW, provocó palmas espontáneas en la sala. El crítico elogió su sentido instintivo del ritmo, aunque sugirió que el bloque boliviano habría ganado con una selección más ajustada. La observación dice algo del desafío: cuando esta música tiene tan pocos escenarios, la tentación es tocarla toda de una vez. En junio, Palomino Pardo volvió a presentarse bajo el sello de Kantuta Concerts en el Wittner Museum de Nogales, Arizona.
El año de la voz
Para su cuarta edición, la fundación cambió de instrumento. La convocatoria, que cerró el 1 de septiembre, estuvo abierta a cantantes clásicos de cualquier edad y tipo de voz, de origen boliviano, residentes en el país o en el exterior, y sin representación profesional. El centro de la postulación era una propuesta de recital de una hora, que las bases señalan como el factor decisivo para elegir finalistas y ganadora. Además, cada aspirante debía enviar tres videos en vivo, con pianista a la vista, cantados de memoria, en distintos idiomas y épocas, y sin arias de ópera. Uno de los videos tenía que ser obligatoriamente una canción de Eduardo Caba: Flor de bronce o Kollavina.
El jurado lo integraron tres figuras con experiencia en la voz. La soprano cochabambina Shelén Hughes Camacho empezó como cantante y bailarina de folclore boliviano antes de formarse en Juilliard y en la Manhattan School of Music; ganó el concurso de la George and Nora London Foundation en 2025 y debutó en la Oper Frankfurt. La acompañaron el barítono Levi Hernández, presente en los elencos de la Metropolitan Opera y la Lyric Opera de Chicago, y el pianista y director uruguayo Pablo Zinger, especialista en Piazzolla, zarzuela y canción latinoamericana.
El premio incluye el recital en el Merkin Hall, pianista acompañante, al menos una sesión con un preparador vocal especializado en canción de arte latinoamericana, pasajes, alojamiento, comidas y una recepción posterior al concierto. Los postulantes que no resultan elegidos también reciben una devolución detallada del jurado sobre su propuesta y sus videos.
Una vida contada en orden
Lo que distingue la propuesta de Meneses es que no organiza el repertorio por estilos ni por épocas, sino por biografía. En la nota que acompaña el programa, publicada por la fundación, la soprano explica que cada compositor marca un giro concreto de su vida.
«Esto no es un recorrido por épocas ni idiomas, sino una sola historia, cantada en orden». — Camila Meneses de Pamorskis
El recital abre con los Aires indios de Eduardo Caba, ocho canciones que remiten a su punto de partida: una Cochabamba donde la música clásica no era parte de la vida familiar y donde tuvo que descubrir que ese lenguaje también le pertenecía. Siguen las Tres canciones de Alberto Villalpando, asociadas a la desorientación de emigrar a Suiza y aprender desde cero un idioma y un sistema nuevos.

El tramo en alemán, con Gott hilf de Theodor Kirchner y September, de los Cuatro últimos lieder de Richard Strauss, corresponde a la etapa más solitaria de esa adaptación y a la fe que la sostuvo. Las canciones del lituano Balys Dvarionas marcan el momento en que, según cuenta, su proyecto de vida como música encontró su lugar al conocer a su esposo. Debussy acompaña una temporada formativa en Francia que, paradójicamente, la empujó de vuelta hacia casa.
De ahí en adelante, el programa regresa al sur. Melpómene, de las Musas de Andalucía de Joaquín Turina, representa su reencuentro con lo sudamericano. Después llegan dos canciones del cochabambino Teófilo Vargas en quechua y castellano, Diusllawan y Era pampa palomita, que expresan su decisión de llevar la canción de arte boliviana a públicos más amplios. El cierre son sus propias composiciones, Melodía del Águila, Melodía de los Andes y Melodía viva, que ella describe como el momento en que dejó de ser solo intérprete para escribir su propia música. Si hay bis, tiene previsto Mein Schätzli, un homenaje a Suiza, el país desde el que hoy sostiene esa tarea.
Más allá de febrero
Kantuta Concerts es la cara más visible de la fundación, pero no la única. Con Project Pacha, lanzado en 2025 junto a la Bolivian Musical Heritage Initiative, la organización presenta programas integrados solo por compositores bolivianos en espacios alternativos. Su primera edición reunió obras de Gastón Arce Sejas, Eduardo Caba, Oldrich Halas, Jaime Mendoza-Nava, Luis Moya y Ramiro Soriano Arce, interpretadas por el propio Aparicio, la flautista Vivianne Asturizaga y la cantante Amanda Zory.
Para el bicentenario de la independencia, en agosto de 2025, la fundación lanzó además el #BolivianBicentennialChallenge, una invitación a músicos de todo el mundo para grabar y compartir obras de compositores académicos bolivianos. Según el balance de la organización, participaron más de 50 intérpretes de 8 países y 29 ciudades, con obras de 23 compositores distintos y varias grabaciones que no existían hasta entonces. El resultado es, en la práctica, un archivo sonoro que se suma a otro objetivo de largo plazo: armar una biblioteca virtual de repertorio boliviano que cualquier intérprete pueda consultar.

Hay una simetría difícil de pasar por alto en todo esto. Las partituras de Eduardo Caba que un pianista criado en Nueva Jersey encontró en una biblioteca paceña hace veinticinco años son ahora la puerta de entrada obligatoria del concurso, y abrirán en febrero el recital de una soprano de Cochabamba ante el público de Manhattan. Lo que empezó como una búsqueda privada se volvió repertorio compartido, y eso, más que cualquier premio, es lo que esta fundación parece estar construyendo.
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