Destacadas

Publicidad

Artículo — Artes plásticas

Rosmery Mamani Ventura, el oficio de los rostros

Llegó a El Alto a los 14 años para trabajar como empleada doméstica. Hoy cumple 41 y es una referencia internacional de la pintura al pastel: la artista boliviana que Francia eligió como invitada de honor.

La pintora boliviana Rosmery Mamani Ventura trabajando en una obra
Rosmery Mamani Ventura en pleno trabajo. Un solo retrato al pastel puede llevarle varios meses.

Rosmery Mamani Ventura cumple hoy 41 años. Nació el 27 de octubre de 1985 en Cajiata, una comunidad de la provincia Omasuyos a orillas del lago Titicaca, y en algo más de quince años de carrera ha hecho un recorrido poco común para un artista boliviano: de los salones municipales de La Paz y Cochabamba a las principales citas internacionales de la pintura al pastel, donde su nombre ya no necesita presentación. En marzo de este año fue la invitada de honor de la Bienal Internacional Pastel d’Opale, en Francia.

Su obra es, ante todo, un oficio de rostros. Ancianas, niños, vecinos, comerciantes: personas aimaras y afrobolivianas retratadas con un realismo que obliga a acercarse al cuadro para comprobar que lo que parece una fotografía es, en realidad, polvo de color fijado sobre papel. Detrás de esa precisión hay una historia que ella misma no oculta y que explica buena parte de lo que pinta.

El lago antes que la ciudad

Rosmery creció en una comunidad pequeña de la orilla paceña del Titicaca. Su infancia fue la de muchos niños del altiplano: el cuidado de ovejas y vacas, la pesca en el lago y una madre que bajaba a la ciudad a vender el pescado. Así lo contó al medio estadounidense INDIAN COUNTRY TODAY, donde recordó también un detalle revelador: la primera vez que subió a un bus fue al dejar su pueblo, a los 14 años, y el viaje le pareció asombroso.

Obra «Horizontes II» de Rosmery Mamani Ventura
«Horizontes II», obra de Rosmery Mamani Ventura.

Ese viaje no fue una aventura. Como tantas adolescentes de las comunidades rurales, llegó a El Alto para trabajar como empleada doméstica, un capítulo de su biografía que ella ha señalado como algo que mucha gente ignora. Durante años alternó distintos empleos con el colegio, y fue en las aulas alteñas donde apareció el dibujo: un profesor de Artes Plásticas le abrió una puerta que hasta entonces no sabía que existía, según relató a LOS TIEMPOS.

El Alto: un oficio aprendido a pulso

El camino no fue directo. Terminó el colegio en El Alto y empezó a estudiar Contabilidad en la Universidad Pública de El Alto, pero en 2005 dejó esa carrera para inscribirse en la Escuela Municipal de las Artes de la misma ciudad, de donde egresó en 2009. Allí se formó con profesores como Edgar Cruz Mariaca, Mario Careaga y Adamo Mollericón, y sobre todo con Ricardo Pérez Alcalá, el gran acuarelista potosino, a quien ella reconoce como su maestro y como el modelo de disciplina de trabajo que intenta sostener.

De aquellos primeros años queda una imagen de precariedad creativa: el material para trabajar lo compraba reciclado en la feria 16 de Julio. Los premios, sin embargo, llegaron pronto y en cadena. En 2008 obtuvo el premio nacional de dibujo «El Valor del Dibujo» de la Fundación Fernando Montes; en 2009, el primer premio del Salón Municipal 14 de Septiembre de Arte Joven, en Cochabamba, y el primer premio de dibujo y grabado del Salón Municipal de Artes Plásticas Pedro Domingo Murillo, en La Paz, el certamen de mayor tradición del país. En 2010 sumó el premio único del concurso Octubre Negro, en El Alto.

Ese arranque coincidió con su primera distinción en el exterior: en 2011 recibió el segundo premio internacional Bice Bugatti–Giovanni Segantini, en Nova Milanese, Italia. Era el comienzo de una relación con Europa que, con los años, se volvería permanente.

La paciencia del pastel

Aunque domina el óleo y la acuarela —y buena parte de la prensa boliviana la presenta, de hecho, como acuarelista—, la técnica que la define es el pastel. Es un medio exigente y a menudo subestimado: no hay pincel de por medio, el color se aplica directamente con la barra y con los dedos, y cada capa se construye sobre la anterior con poco margen para corregir. Los organizadores de la bienal francesa la describieron como una artista paciente, capaz de dedicar varios meses a una sola obra.

Rosmery Mamani Ventura junto a una de sus pinturas
La artista junto a una de sus pinturas.

En sus cuadros, ese tiempo se nota en las arrugas de unas manos, en la textura de un aguayo, en el brillo húmedo de una mirada. Pero reducir su trabajo a la destreza técnica sería quedarse corto. Ella ha defendido la idea de volver a respetar el oficio del pintor frente a cierto arte contemporáneo que considera vacío, y al mismo tiempo ha rechazado que el realismo sea simple copia: cuando pinta un retrato en vivo, explicó, en el papel queda también la conversación, la incomodidad o la confianza de la persona retratada.

«Yo pinto siempre mi entorno y mis vivencias».

Su entorno son sus tíos, sus vecinos, la gente de El Alto y de las comunidades del lago. Cuando expone en Europa, contó, el público suele acercarse para decirle que esos rostros le recordaron su propia historia. Quizá ahí esté la clave de su alcance: una pintura profundamente local que el espectador de cualquier parte reconoce como propia. En 2014, la muestra «Sonidos de la imaginación», en Artespacio CAF de La Paz, reunió óleos, pasteles y objetos encontrados intervenidos con resina como homenaje a la gente de El Alto; su curadora, Cecilia Lampo, la definió entonces como una expresión genuina de la cultura aimara contemporánea, construida desde los cánones de la pintura clásica europea.

Francia, cada año

Si hay un país que adoptó su obra, es Francia. Desde 2012 viaja allí cada año para pasar unos tres meses, y desde ese circuito su nombre se extendió al resto del mundo del pastel. Los reconocimientos se acumulan: el primer premio Galería Monticelli en la II Bienal Internacional de Pintura al Pastel de Oviedo, España (2013); el primer premio del Salón Internacional de Pastel de l’Est Parisien (2016); el Pastel Journal Award en la 45.ª exposición anual de la Pastel Society of America, en Nueva York (2017); el premio Caran d’Ache en la primera Mostra Internazionale del Pastello, en Roma (2018), y el premio West Design–Faber Castell en la 120.ª exposición anual de The Pastel Society, en las Mall Galleries de Londres (2019).

Rosmery Mamani Ventura en Francia
Rosmery Mamani Ventura en Francia, el país que con más constancia ha acogido su obra.

En 2022 su obra se mostró en el Grand Palais Éphémère de París. En junio de 2024, en el Salón Internacional de Arte del Pastel de Berric, en Bretaña, obtuvo el segundo premio Pastels Girault entre 148 obras de 47 pintores de distintos países, con un jurado formado por miembros de la Pastel Society of America y de la asociación Art du Pastel en France, según informó OPINIÓN. Allí hizo además una demostración en vivo e impartió un taller de retrato. Al año siguiente recibió el premio Sennelier en el Festival Internacional de Pastel de Abers.

Lo notable no es solo la lista, sino el tipo de reconocimiento: son premios otorgados por sociedades especializadas, en los circuitos donde el pastel se discute con más rigor y casi siempre en competencia con cientos de obras. Para una técnica que en Bolivia tiene pocos cultores visibles, su trayectoria funciona también como una puerta abierta.

Invitada de honor

El punto más alto llegó este año. En enero, la artista anunció en sus redes que había sido elegida invitada de honor de la 7.ª Bienal Internacional Pastel d’Opale, una de las citas de referencia del pastel en Europa, y escribió que le honraba «representar a mi amada Bolivia», según recogió URGENTE.BO. Ser invitada de honor, explicó, significa ser la artista principal del evento.

La bienal se realizó del 7 al 22 de marzo en el Forum des Loisirs de Saint-Léonard, en el norte de Francia, organizada por la asociación Pastel d’Opale. Reunió cerca de 150 obras de 57 pastelistas de varios países, y los pasteles de Rosmery se presentaron con la artista en sala: dictó talleres y pintó frente al público. Las crónicas de visitantes franceses destacaron la finura de sus retratos y el carácter casi inmersivo de su demostración en vivo.

Obra «El llamado» de Rosmery Mamani Ventura
«El llamado», de Rosmery Mamani Ventura.

A los 41 años, Rosmery Mamani Ventura vive de su pintura, algo que en Bolivia sigue siendo excepción. Ella lo atribuye al trabajo constante más que a la suerte, y ha insistido en que el arte latinoamericano todavía tiene mucho por mostrar en una historia del arte escrita mayormente desde Occidente. Su propio recorrido, del lago a las salas europeas, es una prueba de ello.

Hoy, en su cumpleaños, vale la pena volver a mirar sus cuadros con calma, a la distancia corta que exigen. En ellos no hay héroes ni paisajes de postal: hay gente que cualquiera podría cruzarse en una calle de El Alto, pintada con una atención que pocas veces se le concede. Tal vez ahí esté lo más valioso de su obra.

PensArte · facebook.com/pensartebolivia

Publicidad

También te puede interesar