Hay artistas cuya obra termina por confundirse con la ciudad que habitan. En el caso de José “Pepetus” Aramayo, fallecido recientemente a los 80 años, resulta difícil pensar en el teatro paceño de las últimas décadas sin encontrar su nombre entre bastidores.
Actor, director, dramaturgo y maestro, Aramayo dedicó más de medio siglo a las artes escénicas bolivianas. Su partida deja un vacío en la cultura nacional, pero también una obra que permanece viva en los escenarios, en la memoria de sus alumnos y en los personajes que creó para contar historias profundamente ligadas a la experiencia boliviana.
Nacido en Corocoro en 1946, se formó en la Escuela Experimental de Arte Dramático e ingresó al mundo del teatro a comienzos de la década de 1970. Desde entonces desarrolló una trayectoria singular, alejada de los reflectores pero marcada por una producción constante y rigurosa. Fue actor en innumerables montajes, dirigió decenas de obras y ejerció la docencia de expresión oral tanto en la Universidad Católica Boliviana como en la Universidad Mayor de San Andrés.
Su nombre quedó asociado a una generación de creadores que entendieron el teatro no solamente como una manifestación artística, sino también como una herramienta para reflexionar sobre la sociedad. En sus textos aparecen familias atravesadas por conflictos silenciosos, personajes enfrentados a la violencia cotidiana, ciudadanos comunes atrapados por las contradicciones políticas y seres humanos que intentan encontrar sentido en medio de circunstancias adversas.
Escribió más de cuarenta obras teatrales, de las cuales al menos veinticinco fueron llevadas a escena. Entre ellas destacan El rincón, Si una noche te vas, El arreglador de techos, Violencia escondida, Veleidades del parlamento, Sugerencias de la pared, Café bolita, Galilei y El duende de la panadería. Cada una de ellas constituye una pieza de un mismo universo creativo: una mirada atenta sobre la condición humana y sobre las múltiples realidades que conforman la vida boliviana.
En 1987, junto a la actriz Gaby Luz Torrico, impulsó el grupo Café con Malicia, una de las experiencias teatrales independientes más importantes de las últimas décadas. Desde ese espacio desarrolló buena parte de su producción artística y contribuyó a la formación de nuevos actores y públicos, consolidando una presencia permanente en la escena cultural paceña.
Años atrás, cuando fue entrevistado a propósito de El arreglador de techos, Aramayo compartió una reflexión que parecía resumir no solo aquella obra, sino también su manera de entender el teatro. Habló de un personaje que observa la ciudad desde las alturas y contempla la vida de los demás. “Qué vida tan interesante la del arreglador de techos, que puede ver absolutamente todo lo que sucede”, afirmó entonces. La imagen resulta reveladora. Durante décadas, Pepetus observó a Bolivia con esa misma atención: escuchando conversaciones, registrando silencios, observando gestos y transformando la experiencia cotidiana en materia dramática.
Su trabajo fue reconocido dentro y fuera del país. Entre las distinciones que recibió destacan la Medalla de Oro “Mi vida en el teatro”, otorgada en Xalapa, México, en 2001, y la Medalla “Túpac Katari”, concedida por el Consejo Departamental de Culturas de La Paz en 2014. Sin embargo, quienes compartieron escenario con él coinciden en que su mayor reconocimiento fue la permanencia de su obra y el respeto ganado entre generaciones de artistas.
En tiempos en los que la actividad cultural suele enfrentarse a la precariedad y al olvido institucional, la figura de José Aramayo recuerda el valor de quienes dedican una vida entera a construir cultura desde la persistencia. Sin estridencias, sin concesiones y sin abandonar nunca el escenario.
La historia del teatro boliviano suele contarse a través de nombres fundamentales. José “Pepetus” Aramayo pertenece a esa tradición. Fue uno de esos creadores que hicieron del teatro un oficio cotidiano y una forma de comprender el mundo. Sus personajes seguirán habitando los escenarios y sus textos continuarán dialogando con nuevas generaciones de actores y espectadores.
Porque al final, cuando se apagan las luces de una función, lo que permanece no es solamente la obra representada, sino la mirada de quien fue capaz de imaginarla. Y en el caso de Pepetus Aramayo, esa mirada seguirá recorriendo las calles de La Paz, observando desde algún techo las historias que todavía quedan por contar.









