ARTÍCULO — MÚSICA
José Coca Loza, la voz grave de Bolivia en la primera fila del barroco
El bajo cochabambino publica Basso furioso, su primer disco solista, con arias de Händel y Caldara junto a La Cetra de Basilea y Andrea Marcon.

La Paz. — Hay discos que sirven como carta de presentación y otros que llegan cuando la carrera ya está hecha. Basso furioso pertenece a la segunda clase. Desde este viernes 6 de noviembre circula en plataformas digitales y en CD el primer álbum solista de José Coca Loza, el bajo cochabambino que en la última década se ha vuelto un nombre habitual en los programas de Salzburgo, Versalles, Londres y Viena. Lo publica el sello Arcana y lo acompaña La Cetra Barockorchester Basel, con instrumentos de época, bajo la dirección del italiano Andrea Marcon.
La idea del proyecto es clara: rescatar la música que los compositores del siglo XVIII escribieron para los grandes bajos de su tiempo. El gran público suele asociar esta voz con papeles de reparto —el padre, el rey, el sacerdote—, pero en el barroco tuvo sus propios virtuosos, con arias pensadas para lucir extensión, agilidad y potencia. Según el anuncio de La Cetra, el disco reúne arias de Georg Friedrich Händel compuestas para Antonio Montagnana y Giuseppe Maria Boschi, y cuatro arias que Antonio Caldara escribió en Viena para Christoph Praun. Varias de ellas se graban aquí por primera vez.
Una voz como un cañón
El título no es casual. De Montagnana, uno de los bajos predilectos de Händel en Londres, se decía que tenía una voz como un cañón, y la revista en línea Online Merker, en una reseña publicada en vísperas del lanzamiento, no dudó en trasladar la comparación a Coca Loza. El crítico Jan Krobot destaca un bajo ágil, rico en colores y seguro en el registro grave, capaz de dar relieve a los efectos propios de la ópera barroca, y concluye que el disco es una cita obligada para los aficionados a las voces graves.

El recorrido por Händel abarca casi tres décadas de su producción. Arranca con «Fra l’ombre e gl’orrori», de la serenata Aci, Galatea e Polifemo (1708), en la que el cíclope se compara con una polilla que revolotea a ciegas cuando se apaga la antorcha. Es una página temida por sus saltos de más de dos octavas, que, según Krobot, el cantante resuelve con una soltura asombrosa. Siguen fragmentos de Agrippina (1709), Il Floridante (1721), Riccardo I —en la versión que Händel insertó en la reposición de Tamerlano de 1731—, Ezio (1732) y Ariodante (1735), además de la versión bilingüe de Acis and Galatea presentada en el Haymarket londinense en 1732.
Dos rarezas justifican por sí solas la atención de los especialistas. De Floridante se grabó completa, con su da capo, el aria final «Che veggio? Che sento?», que Händel había reducido a una cavatina antes del estreno; la parte de bajo de esa ópera fue escrita para Boschi, el único cantante que participó en todas las temporadas de la Royal Academy of Music. De Ariodante se incluye el siciliano «Invida sorte avara», que según la reseña nunca llegó a interpretarse.
La otra mitad del programa mira a Viena. No hay pruebas de un encuentro directo entre Händel y el veneciano Caldara, aunque es probable que se cruzaran en Italia entre 1706 y 1710; después, sus caminos se separaron: uno se estableció en Londres y el otro llegó a vicemaestro de capilla del emperador Carlos VI. De lo que Caldara escribió para Praun, el disco recoge «Sì, perfida gente», de Le profezie evangeliche di Isaia, y «Occhi, che vi fissate nel sole», de Gionata, con dos fagotes concertantes. Las arias de Scipione nelle Spagne y Gioseffo, che interpreta i sogni son primeras grabaciones mundiales.

La alianza con Marcon y La Cetra no es nueva. Coca Loza ya había cantado con ellos L’Olimpiade de Vivaldi, en el papel del rey Clistene —trabajo por el que la publicación alemana IOCO habló de su «bajo negro como el cuervo»—, y la Arsilda del mismo compositor, editada en disco. La orquesta, por su parte, ya tenía en el catálogo de Arcana una aplaudida versión de la Misa en si menor de Bach.
De Jaihuayco a Basilea
La historia empieza lejos de los grandes teatros. Nacido en 1989, Coca Loza creció en Jaihuayco, cerca de la Base Aérea de Cochabamba, rodeado de primos. Su madre, Julieta, trabajaba como secretaria en la iglesia de la Compañía de Jesús, y allí el niño se quedaba a cantar en el coro de la misa de las siete. En el colegio Don Bosco, los profesores de música Dante Madariegue y Judith Carmona repararon en él; fue Carmona quien lo llevó al Instituto Laredo, donde rindió el examen de ingreso cantando el Ave María con apenas once años.
En Laredo su voz pasó de soprano a bajo, pero el canto no fue su primer camino. Estudió piano con una beca en Mus Art, trabajó como acompañante, fundó un coro juvenil cuando todavía era adolescente y durante tres años fue asistente de la pianista Elizabeth Schwimmer. Una tendinitis que le limitó el uso de las manos llevó a su profesora Katia Escalera a sugerirle que se formara como cantante. En una entrevista con LOS TIEMPOS, en 2018, él mismo resumió así esos años de obstinación:
«Creían que estaba loco, la pasión por el canto me arrastraba».
En 2010 obtuvo media beca para estudiar canto y piano en la Universidad de Arizona, y al año siguiente ganó el concurso Quest for the Best en Tucson. Las dificultades para costear sus estudios lo llevaron en 2012 a Europa: se instaló en Basilea para estudiar con Marcel Boone en la Academia de Música y, en 2016, ingresó al estudio de ópera OperAvenir del Theater Basel, donde cantó en Alcina, Elektra y La traviata.
Los grandes escenarios
El punto de inflexión llegó a través de una familia ilustre del canto. Desde 2014 tomaba clases magistrales con Silvana Bazzoni, madre y maestra de Cecilia Bartoli. La mezzosoprano compartió escenario con él por primera vez en Múnich, en 2017, y lo invitó a cantar Haly en L’italiana in Algeri de Rossini en el Festival de Pentecostés de Salzburgo de 2018, papel que repitió en el Festival de Verano y en la Ópera Real de Versalles. Antes, según contó a LOS TIEMPOS, había rechazado una primera oferta para cantar Alidoro en La Cenerentola porque no se sentía listo; el papel llegaría poco después.

Desde entonces la lista no ha dejado de crecer. Debutó en la Royal Opera House de Londres como Lesbo en Agrippina, junto a Joyce DiDonato, y volvió en 2022 como Melisso en Alcina; ese mismo año se presentó por primera vez en la Ópera Estatal de Viena como Alidoro, durante una visita de la Ópera de Montecarlo. Formó parte del Mesías dirigido por Marc Minkowski en la puesta de Robert Wilson, que pasó por la Semana Mozart de Salzburgo, París y Ginebra. En 2023 fue Achilla en Giulio Cesare en el Théâtre des Champs-Élysées; en 2024 asumió el papel titular de Polifemo en Versalles y en la Ópera Nacional del Rin, con Emmanuelle Haïm, y en 2025 cantó en La Calisto de Cavalli en el Festival de Aix-en-Provence.
Su discografía previa lo muestra casi siempre en el repertorio antiguo: los Trastulli y arias de Pietro Torri (2021), el Polifemo grabado en Versalles, Il giardino di rose de Alessandro Scarlatti con La Ritirata (2025) y la Arsilda de Vivaldi. La prensa suiza ha elogiado la belleza de su timbre y su hondura solemne; la italiana, una musicalidad estilísticamente impecable en el belcanto barroco. Pero hasta ahora siempre había grabado como parte de un elenco. Basso furioso es el primer disco que lleva solo su nombre.
Volver a casa
Lejos de desentenderse de Bolivia, Coca Loza ha hecho de Cochabamba un segundo escenario. Allí impulsa el Festival Vivace, que en 2019 llevó casi todos sus conciertos a la Compañía de Jesús, la misma iglesia donde aprendió a cantar. En 2023, su tercera edición, Generationes, celebró sus veinte años de actividad musical en el país —empezó a los 13 años, dirigiendo conciertos en el Aula Magna de la Facultad de Humanidades de la UMSS— con el Dixit Dominus de Lotti, el Stabat Mater de Pergolesi y el Réquiem de Mozart, entre La Paz y Cochabamba, y con un clavecín que el propio cantante había traído desde Suiza.

En esos conciertos el cantante pasa al podio. Ha dirigido ópera, como Suor Angelica de Puccini, convoca a solistas bolivianos y comparte escenario con quienes fueron sus maestras, como Katia Escalera; también rindió homenaje a Elizabeth Schwimmer tras su fallecimiento. Esa faceta de gestor dice tanto de su trayectoria como los teatros europeos que figuran en su currículo.
Que un cantante boliviano debute como solista en un sello europeo de referencia, con una orquesta barroca de primer nivel y un repertorio que en parte nadie había grabado, es un hito poco frecuente para la lírica nacional. Para el oyente boliviano, Basso furioso es además una oportunidad de escuchar con calma una voz que se formó entre el coro de la misa de las siete y las aulas de Laredo, y que hoy suena en las salas donde se decide cómo se canta el barroco.
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